🦥 Catáestrofa

El hombre de la trenza

Hubo alguna vez, allá por las tierras secas, tierra de la tuna y del dios venado. Un hombre con el pelo muy largo. Larguísimo.

Desconozco el porqué conservaba así su melena y parece que tampoco nadie preguntó... pero sé que un día, cansado de que se le arremolinara la calor entre tal greñero, decidió agarrarse una trenza.

Comenzó intentando hacer una simple -de tres hilos pues- pero el cabello era demasiado. Los mechones eran muy gruesos para maniobrarlos...

Así, se dio cuenta pronto de que sí quería llevar a cabo su cometido, lo mejor sería intentar separar la tarea, y empezó de nuevo pero ahora con una trenza de cuatro hilos.

Tampoco lo logró.

Así siguió y siguió intentando... Cada vez poniendo más y más hilos a la trenza.

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Cuando vió que no había manera de lograrlo, saco su viejo telar y se puso a tejer su cabellera.

Sus esfuerzos resultaron en una cortina hermosa de sedoso cabello brillante.

Tan larga fue que se mezclaba fluida con su sombra... y al ocaso se perdía con la penumbra cual si de la cabellera misma de aquel hombre brotara la noche.

El tejido era apretado, zigzagueante y de cada pequeña intersección rombica surgía un destello. Cual ámbar precioso de cabello indestejible.

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La nueva cabellera sembró en aquél hombre un cariño profundo que se convirtió en un amor aún mayor al que ya le tenía.

Cuando se iba el sol y tocaba a la luna hacer las guardias en las noches frías. El hombre se acurrucaba en su cortina perfecta y se arropaba cual capullo de mariposa, en completa felicidad y paz.

La luna, viendo aquella criatura tan hermosa, pero sobre todo tan calma y plena, decidió dejarla así para siempre, y para aliviar sus penas con la calor la convirtió en serpiente.

Y desde ahora vive y presume en el desierto su impecable traje, de nudo finísimo y sedoso.

Y aunque no todos lo aprecien, en su tranquilidad, abrazado permanece.