El hombre de la trenza
Hubo alguna vez, allá por las tierras secas, tierra de la tuna y del dios venado. Un hombre con el pelo muy largo. Larguísimo.
Desconozco el porqué conservaba así su melena y parece que tampoco nadie preguntó... pero sé que un día, cansado de que se le arremolinara la calor entre tal greñero, decidió agarrarse una trenza.
Comenzó intentando hacer una simple -de tres hilos pues- pero el cabello era demasiado. Los mechones eran muy gruesos para maniobrarlos...
Así, se dio cuenta pronto de que sí quería llevar a cabo su cometido, lo mejor sería intentar separar la tarea, y empezó de nuevo pero ahora con una trenza de cuatro hilos.
Tampoco lo logró.
Así siguió y siguió intentando... Cada vez poniendo más y más hilos a la trenza.
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Cuando vió que no había manera de lograrlo, saco su viejo telar y se puso a tejer su cabellera.
Sus esfuerzos resultaron en una cortina hermosa de sedoso cabello brillante.
Tan larga fue que se mezclaba fluida con su sombra... y al ocaso se perdía con la penumbra cual si de la cabellera misma de aquel hombre brotara la noche.
El tejido era apretado, zigzagueante y de cada pequeña intersección rombica surgía un destello. Cual ámbar precioso de cabello indestejible.
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La nueva cabellera sembró en aquél hombre un cariño profundo que se convirtió en un amor aún mayor al que ya le tenía.
Cuando se iba el sol y tocaba a la luna hacer las guardias en las noches frías. El hombre se acurrucaba en su cortina perfecta y se arropaba cual capullo de mariposa, en completa felicidad y paz.
La luna, viendo aquella criatura tan hermosa, pero sobre todo tan calma y plena, decidió dejarla así para siempre, y para aliviar sus penas con la calor la convirtió en serpiente.
Y desde ahora vive y presume en el desierto su impecable traje, de nudo finísimo y sedoso.
Y aunque no todos lo aprecien, en su tranquilidad, abrazado permanece.