Enchilada
Ayer que te vi no te reconocí...
Ya no eran las fiestas como las de antes, las que solíamos visitar. Aunque ahora que lo recuerdo, tú no ibas con nosotros a las fiestas.
Ahora que recuerdo, te mudaste al gabacho desde muy joven... y nos dejaste en esa calle del barrio popular... a la deriva en la jungla de pavimento manchado de sangre y grafitis.
Casi todos mis recuerdos se fueron... a tal punto que del tiempo de antes de juntarme con el crew no recuerdo nada...
Ayer que nos encontramos, nos hablamos como dos auténticos desconocidos, y entre la plática pequeña nos fuimos reconociendo. Yo no reconocí tu cara, ni tu la mía. Ya somos personas completamente diferentes a lo que ambos conocimos.
Pero ayer que te vi en esa fiesta, lo que detonó que indudablemente te reconociera fue que me invitaras esa enchilada. Ese gesto, de compartir tu único alimento, esa tortilla doblada por la mitad rellena de queso, instantáneamente me recordó cuando me invitaras hace muchos ayeres, de las gorditas que tu abuelita preparaba. Sí, ella tenía un puesto en la calle del crew y a mi me gustaba mucho su comida. Sí, recuerdo que me gustaba mucho.
Recuerdo que era de mis cosas favoritas cuando mi madre, ya porque se le hacía tarde, ya porque le alcanzaba el dinero, me llevaba a la escuela lonche de las gorditas de con tu abuela. Seguro que ella sabía que me gustaban.
Ya mi mente no puede recordar el sabor, ni tampoco lo recordó mi boca haciéndoseme agua, pero aún tengo presente la imagen de esos tiempos.
Incluso recordé que en algún punto de la secundaria, éramos compañeros de recreo.
No estábamos en el mismo salón, solo nos unía el barrio.
Recuerdo, que yo iba a buscarte, o tú a mí, en cuanto sonaba la chicharra del recreo. También ahí se nos unía tu primo, aunque no recuerdo si todas las veces.
Lo que sí recuerdo, es que nos juntábamos para comer. Recuerdo que intercambiamos lonche, que a mí me llevaba mi madre al portón de la entrada. Y a ti, como regalo de lujo, te llevaba lonche tu abuela.
Todo eso recordé cuando me ofreciste ese pedazo de enchilada. Ahí te reconocí, ahí nos reconocimos, y nos quedamos platicando larga la noche.
Tras nuestra despedida volvimos al olvido. De vuelta a nuestra nueva vida y nuestro largo y separado camino.
Pero fue un lujo ese destello, que alumbró los empolvados recuerdos de nuestra juventud y niñez que compartimos. Aquella vez en el tiempo, en que fuimos amigos y por que no... felices.